domingo, 7 de noviembre de 2010

El Granada CF sufre el mal de altura

Ciertas situaciones de angustia sacan lo mejor del común de los mortales. Es como aquella típica escena del cine, en la que el malvado apunta al héroe en la sien con un revólver, que entre nervios trata de cortar el cable del detonador de una bomba cuya cuenta atrás indica escasos segundos para la explosión. Bajo el 'tictac', el frío cañón posado en la cabeza, el ligero olor a pólvora y la mirada inquisitiva del villano, el protagonista extrema sus sentidos y deshace el enredo entre el ramillete de colores, desconectando el artefacto homicida y parando el retroceso en el instante decisivo. Con esa tensión en el cuerpo, tras tocar fondo en las tres primeras jornadas, el Granada encadenó siete semanas seguidas sin perder. Siempre con el dilema de que el más mínimo error le enviaba hacia el mediocre pozo. Con el ansía de reaccionar ante la corriente adversa, cada vez más seguro de sus brazadas. Pero una vez cerca de la cumbre, ha sufrido un vanidoso mal de altura. Se creyó en la cima y desandó parte del sendero. El Cartagena le recibió contagiado de ese ardor resucitador que tanto fuelle había dado a los rojiblancos. Los chicos de Fabri anduvieron algo dormidos en la primera parte y lo pagaron ante un equipo cuya irregularidad engaña. Su base peleó por estar en Primera el año pasado.
El Granada fracasó tras su excelente línea porque el Cartagena deseó con más ahínco el triunfo y además le acompañó el juego. Los rojiblancos se vieron algo abrumados en un primer acto donde sólo mostraron sus marcas guerreras cuando encajaron el 1-0. Una vez más, el equipo necesitó un cachete para espabilar, pero cuando fraguó el casi inmediato 1-1 regresó a una postura distante que pagó derruyendo el empate. Regresó el ímpetu en la segunda parte pero entonces se enrocaron sus hasta ahora virtuosos atacantes. Ninguno ofreció su mejor versión y ni siquiera cuando afrontaron la recta final en ventaja numérica pudieron rebatir el éxito que se gestaron los locales.
Fabri repitió el once titular de la 'manita' al Xerez pero el enfoque de sus hombres nada tuvo que ver con el de hace una semana. En Los Cármenes saltaron con hambre y en Cartagonova mostraron las consecuencias del empacho. Cierta pesadez en los movimientos, falta de reflejos en las disputas y sobre todo una disposición mental algo alejada de ese pundonor competitivo que ha hecho excelsos a los rojiblancos. Con Geijo absolutamente anulado, con la pólvora agotada, todo quedó en manos de Benítez y Orellana en la primera mitad, siendo decisivos en el gol.
Sopapo
Pero ante había llegado el primer sopapo, fruto de una gran intervención cartagenera. Un equipo con hechuras para aspirar a los puestos aristocráticos, que no echa de menos a De Lucas porque retiene a un gran centrocampista como Longás y una pareja fetén de delanteros, como Víctor y Toché. Por las bandas encaran el exrojiblanco Lafuente, siempre una turbina, y el profundo Toni Moral, que con un gran centro permitió el remate a la red de Víctor, para regocijo de una grada famélica de puntos.
Benítez se rebeló ante la desidia provisional y se montó en su particular cohete para descubrir las carencias de cuantos defensas le salieron al frente. Repitió una de esas fantásticas estampidas por el costado, en la que sortea cepos, destruye cinturas y sulfura al marcador más pegajoso. Alcanzó la línea de fondo con una enorme seguridad y sobre ella centró raso. Geijo no llegó pero sí Orellana, dispuesto para rebajar la euforia local.
Volvió a aplatanarse el Granada tras la consecución. Lejos de esperar de manera impostada como el felino atento a la ronda de su presa, se dejó llevar por un Cartagena que insistía en un fútbol macizo y de alta escuela. A pesar de las intentonas de Benítez y algún sesteo de Orellana, eran los blanquinegros quienes rondaban con más énfasis a Roberto. El árbitro pudo cobrar un penalti de Rico sobre Toché. El punta que finalmente determinaría una nueva desventaja rojiblanca. Fue desde el balcón del área, apuntando al hueco exacto para que Roberto se quedara anonadado.
A Fabri le tocó replantear sus argumentos iniciales porque lo que sobró para machacar al Xerez se quedaba romo ante este Cartagena regenerado en lo anímico. Desde la grada se decantó por Carlos Calvo para que modificara la versión descafeinada de su equipo. Pero el gallego le defraudó. Intervino mucho, pero en acciones intrascendentes. Se le está escapando el tren de la titularidad. No está sacando lo que lleva dentro.
Calvo se ocupó de la banda derecha, Orellana pasó a la mediapunta y Abel bajó hacia la plaza que dejó el sustituido Óscar Pérez. El balón parado pudo sonreír una vez más al Granada, pero Mensah marró un remate. De la urgencia por marcar se aprovechaban los hábiles puntas locales, con un Víctor que trató de sorprender desde lejos a Roberto y que más tarde pifiaría un balón más alejado por Mensah.
Las esperanzas rojiblancas se reactivaron en la mejor triangulación de la velada. Geijo controló un balón largo con el pecho y se lo dejó a Orellana, que filtró el esférico a Benítez. El mallorquín sacó la zurda pero Casilla rememoró a su casi homónimo con un despeje oportuno.
Por allí se escurrió la mejor opción del Granada, que roló con la entrada de Collantes y Siqueira. Calvo se fue a la zurda, aunque con libertad de irrupción por donde quisiera, pero tampoco resultó a perfil cambiado. El asunto pudo trastocarse con la expulsión de Muñoz, que acababa de entrar al campo y entró por detrás a Orellana. Resultó más fea que dura y el grito del chileno hizo reaccionar al colegiado, que echó a Muñoz cuando llevaba dos minutos sobre la hierba.
Pero el Cartagena, cuya inmaculada primera parte se habia convertido en un mar de dudas cuando empujó el Granada, sacó un modelo italiano a pasear y decidió que aunque quedarán poco más de diez minutos ya se había disputado lo suficiente. Congeló los acontecimientos, exageró problemas físicos para dejar morir las cosas y los rojiblancos se desbocaron hasta el suspiro final, sin encontrar el maná. Tendrán que recordar que a grandes boxeadores no los derrotan sólo furibundos púgiles, sino la vanidad. En Segunda o se actúa al límite o te clavan la bala cuando mejor estás y menos lo esperas.

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